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El manzano y sus manzanas

Tengo una pequeña finca a las afueras de mi ciudad. En ella crecen ciruelos, manzanos y otros frutales por el estilo. Siempre recuerdo que, de pequeño, me fascinaba ir los fines de semana con mis padres hasta allí. Ellos desconectaban; yo disfrutaba. A veces, cuando nos apetecía a mi madre o a mí, le robábamos inocentemente una manzana al manzano, una ciruela al ciruelo o una pera al peral. No era hambre, más bien placer, gula. Una experiencia alejada de grandes superficies comerciales, de interminables procesos de producción.  

Se me viene a la cabeza un manzano que se afincó sobre los restos enterrados, tiempo ha, de una perra a la que le tenía especial cariño. Yo, muy íntegro, jamás probaba las manzanas de un árbol que osaba alimentarse de Keyla, nuestro can. Cierto día, sin comerlo ni beberlo, el frutal comenzó a secarse, rápida e inexorablemente. Por más líquidos y productos que se le aplicaron, el árbol no consiguió salvarse. Al parecer la procesión la llevaba por dentro; estas cosas no solían suceder de un día para otro, nos decía un paisano de la zona. 

Así, la muerte del manzano resultó tan repentina como inevitable. No se trataba de un temporal o una cosecha especialmente abundante que rompiese las ramas, no fue el granizo ni las inclemencias meteorológicas, ni siquiera parásitos o cualquier otro bichejo. Una enfermedad había carcomido silenciosamente la vida del árbol desde dentro. Si es que existe el destino, ese árbol ya lo tenía fijado mucho antes del óbito. Por desgracia, el caso no fue aislado. Poco después varios árboles más murieron en similares circunstancias. 

Al igual que el manzano, el Partido Popular sufre de una enfermedad que carcome sus propias vísceras y que, como cualquier otra, tiene sus síntomas particulares. Desde la falta de liderazgo a la necrofagia y el canibalismo político, todo apunta a un único diagnóstico: el hundimiento de un barco que nació zozobrado. Nada se puede hacer, no tiene cura. La ciudadanía ya ha visto la podredumbre en sus ramas, y ahora sólo toca esperar pacientemente a que acabe por secarse, a poder plantar un nuevo árbol que crezca con más fuerza. 

El hecho de que Gallardón y Aguirre se pelearan por los restos de un cadáver que aún vive, no es más que un preludio de lo que después vino en multiplicarse a todos los niveles. Gabino de Lorenzo y Ovidio Sánchez, Manuel Peña y Joaquín Arestegui -con Carmen Maniega de actriz invitada-. Da igual el nombre que se les ponga, que la cuestión sigue siendo la misma: una vez más, al igual que en mi terruño, la plaga se está propagando. Y es que las elecciones generales son un caldo de cultivo más que adecuado para que los futuribles den problemas. 

Lo que está claro es que un partido renqueante y enfermo, que arrastra muchas cargas y suelta poco lastre, debería tratar de limpiar primero el patio de casa antes de ponerse con el de los vecinos. No parece lógico que critiquen las propuestas de otras formaciones cuando en la de uno mismo nada más que se oyen nombres, no ideas. Quien trata de sustraer sin aportar nada interesante, acaba sumiéndose en la nulidad más absoluta. Al final, la mediocridad de quien no tiene proyecto y la inestabilidad del que nunca se consolidó marcarán el final de una etapa.
La verdad que 40 años después del asesinato de uno de los hombres de color que más ha hecho por la causa de los derechos civiles en América, parece que su sueño puede llegar a cumplirse.
Pase lo que pase en las primarias, la sociedad estadounidense es mucho mas abierta y progresista que antaño, y con eso nos tenemos que quedar, y si de esta vez no va, estoy convencido de que no tardaremos mucho en ver un presidente negro en EE.UU.


                                                        
Alejandro Vizcaíno

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