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La tortura que no cesa

En El rayo que no cesa, el símbolo del rayo transmite la idea tanto de la pasión que consume al amante, como de la herida que ello le provoca. Y este sentimiento trágico, unido a la muerte, lo vinculaba Miguel Hernández con la figura del toro.
Y es de toros y de muerte de lo que me gustaría hablar, aunque hubiera sido más halagüeño haber seguido con la trayectoria de nuestro gran poeta Miguel Hernández.
Las corridas de toros siguen siendo, ya entrado el siglo XXI, uno de los espectáculos con animales más lamentable que existe. Es claro que, desde aquí, desde el espacio que ahora mismo ocupo, no puedo saber hasta dónde puede llegar la crueldad humana con los animales y, por supuesto, con otros congéneres.
Pero la crueldad y la tortura a la que se ven sometidos los toros en este país, están reconocidas y asumidas. Están abiertas al público, hay lugares específicamente construidos para ver cómo se mata lentamente y cómo sufre un animal. Salen incluso por la tele. Es más, torturar y matar a un toro puede representarnos como Fiesta Nacional… Aunque lo más sangrante (y nunca mejor dicho), es que pretendan venderlo como cultura. ¡Cultura! Yo voy una tarde-noche a un bar donde varios jóvenes poetas leen algunos de sus poemas, y puedo decir que he ido a un acto cultural. Yo voy a una plaza, con otros cientos o miles de personas, y contemplo cómo un hombre o una mujer, con un trozo de tela de color, chulean a un toro, le clavan banderillas que se quedan en su lomo tirándole de la piel a cada paso que da, le desangran y así le debilitan y, por último, en un acto de dudosa (o inexistente) valentía le clavan una espada en el lomo (al menos Teseo luchó con sus propias manos contra el Minotauro). Y si el toro tiene suerte se muere a la primera. Y si no, y si aún queda vivo para seguir sufriendo, se le remata. Creo que luego se reparten las orejas y el rabo como botín, partes muy valiosas cuando se han esforzado tanto por ofrecer un espectáculo “cultural”. Pero sirvan estos versos de Miguel Hernández como una descripción de lo que es “la vida” de un toro en una plaza:
Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.
¿No es algo desproporcionado comparar mi visita a una lectura de poesía con mi ficticia visita a una plaza de toros? ¿Pueden ser ambos cultura? No. Torturar y matar a un animal jamás podrá ser cultura.
Aunque por desgracia esta tradición esté muy arraigada en nuestro país, tiene que desaparecer. No es concebible que nos quedemos con costumbres de épocas tan anteriores y tan cruentas. Es como si hubiera llegado hasta nuestros días alguno de los sangrientos juegos romanos… ¿Se imaginan?: “Sí, sí. Estado de Derecho y de Bienestar. Paz. Derechos Humanos, etc. ¿Pero y la lucha a muerte de gladiadores cuándo empieza? Me muero de ganas de verla por la tele. Igual me animo y bajo al bar de la esquina, que en compañía se disfruta más del espectáculo cultural…”
Creo que no, creo que esto no sería imaginable, a pesar de los reality-shows… Hagamos entonces que las corridas de toros tampoco lo sean, porque son injustificables y sólo ofrecen tortura en directo. Cerquemos estos espectáculos hasta que desaparezcan.
[…] y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.